LA DESORGANIZACIÓN SOCIAL...

Publicado en por LUIS TORRES

“El peligro contemporáneo para el hombre, es el mismo hombre, no como individuo sino en su relación colectiva con los otros. Es él quien ha desorganizado la geografía; es él quién ha vaciado de contenido a sus instituciones; es él, en el ejercicio del poder con el que fue investido, quien está produciendo la desorganización social”.


¿Qué se entiende por desorganización social?, ¿cuándo se produce?

Un sistema social organizado es aquel relativamente integrado, ordenado y centralizado, que responde a las necesidades de afirmación y proyección de la sociedad global. En tal caso el comportamiento de los distintos integrantes coinciden con los modelos de conducta colectiva preestablecida en todos los entes sociales, individuales y colectivos.

Cuando el cambio sociocultural al cual fue lanzada una sociedad no se produce en forma sincrónica y simétrica, esa situación anómala producirá una disyunción entre las normas institucionalizadas y las aspiraciones fundamentales de las partes, que podrá expresarse por un simple disconformismo o hasta por una rebelión abierta. Dicho de otro modo, en lenguaje de patología social y de estasiología (sociología de la revolución), la desorganización social implica todo desajuste de las “partes”, todo conflicto y toda desviación de las pautas normadas.  

Como concepto sociológico, la desorganización social se refiere al fracaso de los organismos institucionales, a la desintegración de vínculos y controles que hacen que el equilibrio social pueda o no mantenerse.

La desorganización social es un concepto que abarca varios fenómenos como el conflicto social, el conflicto de culturas, el desajuste entre los medios y los fines socialmente aceptados, y otros tipos de incompatibilidades y contradicciones, asumiendo a veces la forma de normas y valores que resultan incompatibles o contradictorios, que parecen permitir diferentes tipos de conducta en una misma situación.

La coexistencia de dos o más sistemas valorativos o de diferentes esquemas de comportamiento, produce conflictos de discrepancias en la conducta social de las “partes” integrantes de un sistema social, pudiendo aparecer entre las “partes” rezagadas o en conflicto, un deliberado propósito de resistir al cambio.

Los grupos o individuos que están más expuestos a las presiones generales, son los más susceptibles de ignorar y violar las normas sociales. Sus reacciones dependen de  los valores, expectativas y necesidades que llevan consigo cuando se enfrentan a las particulares dificultades que les crean las circunstancias en las que se encuentran.

Cuando los hombres dejan de compartir valores esenciales, la sociedad se enfrenta a un debilitamiento potencial de los vínculos que mantienen unidos a sus miembros. Quienes no utilizan cauces aceptables a través de los cuales puedan intentar el mejoramiento de sus condiciones, llegan a ser enemigos potencialmente explosivos del orden existente, cayendo en la anomia, que es en sí misma una forma de conducta desviada basada en el colapso personal, aunque no constituya inicialmente, un desafío directo a la sociedad, a la autoridad o al derecho.

Siempre hay tendencias a la no conformidad que son inherentes a la propia vida social, la fuerza de tales tendencias varía con el grado de desorganización social, que está siempre parcialmente presente, pero que puede agudizarse en algunos sectores de la sociedad.

Mientras los medios institucionalizados permitan la realización de fines socialmente valiosos, la gente obtiene recompensas “como producto y como proceso, como resultado y como actividad”. Pero si se pone énfasis excesivo en los objetivos o si los medios definidos se revelan inadecuados o inaccesibles para alcanzarlos, la gente se declarará insatisfecha porque percibirá una disociación entre la realidad objetiva del crecimiento, y la percepción subjetiva de la satisfacción entonces, las presiones hacia la materialización de conductas desviadas, pueden aparecer en aquellos que se sientan o sean efectivamente afectados, debido a su posición o a su actividad en la sociedad, para obtener los fines que persigue.

 Cuando se generan cambios que aparecen como imprevistos para la sociedad (o para un sector significativo de ella) y las instituciones u organizaciones establecidas no pueden resolver los problemas planteados, se producen presiones o provocaciones que pueden conducir a conductas grupales no convencionales que llegan a afectar generalmente al clima político, generando esfuerzos organizados para introducir las reformas necesarias a la solución de sus dificultades. El éxito o fracaso de estos esfuerzos dependerá de factores tan complejos como el liderazgo, la organización, la ideología y las relaciones entre las fuerzas políticas actuantes.

En la medida en que varios grupos sociales afectados se empeñen en eliminar las fuentes de donde proceden sus dificultades, podrán surgir o no eventualmente las soluciones que restablecerán el consenso, la solidaridad y la integración de la cultura y la estructura social que se requiere, para que impere el orden y la estabilidad social,  pero paralelamente podrán producir inestabilidad política.

La desorganización y la reorganización, no son meros aspectos estáticos de la estructura social y cultural, sino procesos que están en movimiento continuamente, incluso en forma simultánea, dentro de la vida social.

Los indicadores de la Inteligencia Psicosocial Dinámica, es decir, recientes y actuales, permiten apreciar ciertos márgenes o espacios ya vulnerados por la situación de crisis analizada, que engloba a los factores de índole económico, social, político e institucional.

El contexto de desorganización social argentino lo sume en un estado de gran vulnerabilidad, favoreciendo esta, la penetración de líneas de agresión orientadas a la captura cultural de su sociedad.

Todos los indicadores muestran que vamos a chocar frontalmente con una nueva ola de conflictos sociales que podrán arruinar las potencialidades estratégicas que permiten mantener la continuidad del actual crecimiento económico, como así también los proyectos inclusivos del Gobierno.

La intensidad de la violencia generada o a generar, o lo no aparición de la misma, dependerá exclusivamente de la influencia desarticuladora que posean las medidas que adopte Cristina Kirchner para satisfacer la “marea de expectativas crecientes”.

Algunos indicadores retenidos que pueden materializar la descripta desorganización social:

1.       Percepción de sectores de la población de situaciones de privación.

2.       Reducida posibilidad de resolver conflictos internos por parte del Estado.

3.       Vulneración permanente de los moldes tradicionales.

4.       Percepción de escasa eficiencia operativa del gobierno.

5.       Bajo nivel de logros por parte del Estado.

6.       Desajustes en el sistema económico (crisis, desocupación, pobreza, lockout, dumping, monopolio y oligopolios, mercado negro, agio, usura, etcétera).

7.       Resentimiento en sectores de las clases medias al percibir que su situación socioeconómica no concuerda con el autoconcepto de la valía que ellas tienen en sí mismas.

8.       Desajuste ecológico y sus problemas conexos (escasez de vivienda, “villas miserias”, desarraigo y marginación social).

9.       Personalidades marginales por deficiencias constitucionales o conductas anómicas (drogadictos, alcohólicos, prostitución, homosexualidad, violencia, etc.)

10.   Desajustes demográficos.

11.   Desaprensión en la atención por parte del Estado del “grupo de gran riesgo” integrado por la infancia y la niñez.

12.   Deseos en grupos sociales de aliviar la carga tributaria de un régimen administrativo considerado ineficiente o injusto.

13.   Convicción en sectores empresariales de que sus oportunidades para mejorar financieramente se ven indebidamente limitadas por medidas gubernamentales.

14.   Ausencia de armonía entre los grupos sociales más poderosos.

15.   Existencia de mitos sociales antagónicos que describen una polarización ideológica en sectores poblacionales.

16.   Incapacidad del Estado para efectivizar la integración nacional.

17.   Apatía estatal ante la introyección, en la sociedad que conduce, de filosofías sociales irrealizables o corrosivas.

18.   Disrrupción funcional entre el Estado y el cuerpo social que gobierna.

19.   Atrofia del Estado para registrar las creencias y representaciones colectivas (motrices e inhibitorias) de las fuerzas intermedias del cuerpo social.

20.   Ineptitud del Estado para concebir la formulación del interés nacional propio.


Breve conclusión respecto al tema en nuestro país:

En Argentina la crisis social ha desintegrado el sistema de valores que sirvió de marco de referencia a la conducta social y a la cohesión nacional.

La brecha entre las distintas generaciones, contribuye a esta disyunción de los valores de referencia al punto tal, que lo que resulta “prohibido, inconveniente o inmoral” para algún sector o estrato social, es percibido por otros como “permitido, moral o deseable”.

Este estado de confusión es la anomia, la carencia de toda norma. Todos los indicadores psicosociales resaltan en nuestro país esta situación de “Sociedad Anómica” y de conducta individual anómica.

Si el Estado no corrige de inmediato la disarquía existente en todos los campos de la crisis, concordante con el contexto situacional descripto, la sola dinámica de la desorganización social estaría indicando los pródromos de una altamente probable disociación (descohesión social, antagonismos políticos irreductibles, etc.) pudiendo sobrevenir en tal caso, lo que las ciencias político-sociales codifican muy bien: una guerra interna.

 

 


Por: Hugo César Renés

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